SemanaRAF 25 – 2016

PAPÁ NO LO HABRÍA HECHO

Autor Anónimo

[Tiempo estimado de lectura: 4mm:30ss]

Este texto lo tenemos desde hace tiempo sin recordar la fuente ni el autor. Nos pareció una linda historia para compartir en tiempos de incertidumbre a la hora de tomar decisiones y homenajeando a esos padres que no dicen lo que hay que hacer, sino que lo hacen, lo han hecho o simplemente dejaron el mensaje sobre-entendido.

Ser ejemploHabíamos llegado de regreso de las vacaciones. En pocos días mi esposa y yo estábamos tan ocupados en nuestros trabajos que parecía que las vacaciones, recientemente tomadas, pertenecían a un pasado muy lejano.

No ocurría lo mismo con nuestro hijo adolescente, de catorce años de edad. Las clases no habían comenzado aún, así que los días se hacían interminables y las horas tediosas, sin saber en qué ocupar el tiempo. Con mi esposa decidimos darle algunas tareas que debía cumplir, y también algunas concesiones tales como acompañarme a la fábrica, salir con amigos, o mirar televisión.

Una tarde, mientras yo realizaba mis trabajos, mi hijo tuvo la buena idea de lavar el automóvil. Me pidió los elementos necesarios; y como algunas instrucciones ya le había dado en cuanto a conducir el coche, y hasta habíamos practicado juntos, sintiéndose grande y quizá importante condujo nuestro auto hasta un lugar apropiado, donde con mucho esmero lo lavó y limpió, dejándolo impecable. No había pasado mucho tiempo, cuando vi a mi hijo que con el rostro desfigurado por el llanto venía corriendo en mi dirección. No era difícil adivinar lo ocurrido. Levantando un poco la vista pude ver el coche, que estaba literalmente metido debajo de la camioneta de la empresa.

Justamente antes de salir de vacaciones lo habíamos arreglado un poco. Le habíamos cambiado el guardabarros, el mismo que ahora parecía un acordeón, incrustado en la camioneta.

En seguida se agolparon los compañeros de trabajo, y comenzaron a hacer comentarios y a sugerir posibles soluciones. Uno recordó que tenía un amigo que era chapista; otro mencionó al mecánico de la fábrica, que también hacía trabajos en chapa y pintura; algunos pensaban que la empresa podía hacerme el favor de pagarme el arreglo por medio de su compañía de seguros; y no faltó quien lanzara la idea de que algún amigo podría figurar como causante del accidente, y entonces arreglar todo con su seguro… Todos tenían la buena intención de ayudar a solucionar el problema, pero sólo tomaban en cuenta el aspecto económico o material. Y debo confesar que algunas de esas ideas llegaron a parecerme interesantes.

Después de darle una reprimenda a mi hijo, me dediqué a la tarea de solucionar el siniestro. Dejándome llevar por las sugerencias recibidas, hablé con el camionero que todos los días entraba en la fábrica para cargar los productos allí elaborados. La solución parecía sencilla. Sólo era cuestión de dejar mi auto en la playa de estacionamiento y él iba a acercar su camión; enfrentaríamos el paragolpes del camión y el guardabarros abollado; entonces, con mucho cuidado, golpearía un poco mi auto, nada más que lo suficiente como para que la chapa tomara la forma del paragolpes del camión. Luego vendría la denuncia, la inspección por parte de la compañía de seguros, los presupuestos de los chapistas… y asunto arreglado. ¿No era acaso fácil?

Esa noche, cuando quise conciliar el sueño, algo raro me sucedía. En mi mente desfilaban las imágenes de lo que tendríamos que hacer. Me parecía ver al camión abollando mi auto para aparentar un choque. Al fin el cansancio me dominó y pude dormir. Pero… al despertar a la mañana siguiente, la primera imagen que afloró en mi mente fue la del choque simulado.

Durante las horas del día, mientras realizaba mis trabajos, a cada rato martillaban mi conciencia las escenas que habíamos planeado realizar. El sólo hecho de pensarlo, me parecía bochornoso.

Así fue transcurriendo el día, hasta que en uno de esos momentos de reflexión, mientras me estaba duchando, acudió a mi mente un pensamiento basado en los recuerdos de mi infancia. De pronto me sentí transportado hacia el pasado por el maravilloso vehículo de la memoria. Por un instante me pareció sentirme niño, cuando gozaba de los juegos infantiles. Luego recordé mi adolescencia: de los juegos pasé a las humildes y sencillas tareas del campo que realizábamos -mejor debería decir disfrutábamos- junto con mi padre y mis hermanos, en esa vida tan sana y con tanto sabor a libertad. Y fue entonces cuando, como un rayo de sol en medio de la oscuridad, mi ser entero quedó iluminado por ese bienaventurado pensamiento: “Papá no lo habría hecho“.

Sí, conociendo el temple y la integridad de mi progenitor, sentí la certeza de que si él hubiese pasado por un problema como el que yo estaba enfrentando en estos momentos, habría preferido pagar los gastos, llamando a las cosas honestamente por su nombre y manteniendo su honorabilidad. El nunca se habría rebajado a un sucio juego de simulación y mentiras.

Ese pensamiento fue el golpe decisivo que acicateó mi conciencia claudicante: “Papá no lo habría hecho“. No sólamente porque estaba mal hacerlo, porque era una mentira, sino también porque papá tenía muy en cuenta el ejemplo que nos dejaba con sus acciones.

Llevado por esos benditos pensamientos, surgieron de lo más profundo de mi ser las inspiradas palabras: “Instruye al niño en su camino, y aun cuando fuere viejo no se apartará de él” (Proverbios 22:6).

Enseñó la escritora Elena G. de White: “La mayor necesidad del mundo es la de hombres que no se vendan ni se compren; hombres que sean sinceros y honrados en lo más íntimo de sus almas; hombres que no teman dar al pecado el nombre que le corresponde; hombres cuya conciencia sea tan leal al deber como la brújula al polo; hombres que se mantengan de parte de la justicia aunque se desplomen los cielos” (La educación, pag. 57)

Una profunda paz, la bendita paz que resulta de hacer caso a los dictados de la conciencia, llenó todo mi ser. Me sentí otro. Se terminaron el nerviosismo y la angustia que estaba experimentando. Esa noche no tuve dificultad para conciliar el sueño. Y al otro día cuando llegó el momento de simular el siniestro, habiendo triunfado en mi mente la rectitud, la honestidad para conmigo mismo, y teniendo también en cuenta el ejemplo que le estaría dando a mi hijo, gracias a Dios pude decir NO. No, porque estaba mal hacerlo; no, porque había elegido la tranquilidad del espíritu que es perdurable, en vez de un beneficio meramente material y pasajero; no, sencillamente no, porque papá no lo habría hecho.

 

– – – o – – –

“Hijo, fíjate bien en cada paso que das. Padre, fíjate tú porque yo te estoy siguiendo”

– – – o – – –

Anuncios

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: