SemanaRAF 03 – 2013

¿ALGUNA PREGUNTA?

de un texto de Robert Fulghum

[tiempo estimado de lectura: 5mm:45ss]

La historia de hoy es un fragmento extractado de “Todo lo que hacemos sin saber por qué” de Robert Fulghum. Es una historia que nos cuenta la respuesta del filósofo Alexandros Papaveros a la pregunta ¿Cuál es el sentido de la vida?

 

¿Alguna Pregunta?

Siempre se formula esta pregunta al final de las conferencias universitarias o de las reuniones prolongadas. Y se la formula cuando el público no solo está saturado de información sino que, además, el tiempo disponible se ha agotado. En esos momentos a todos se les ocurren preguntas tales como ¿Podemos retirarnos? o ¿Para qué demonios fue esta reunión? o ¿Podemos beber algo?

Supongo que ese gesto implica una cierta generosidad por parte del conferenciante, pero si alguien formula una pregunta, tanto él como el público lo fulminan con la mirada. Y siempre hay algún tonto que pregunta. Y el conferenciante siempre responde. Repitiendo la mayor parte de todo lo que acaba de decir.

Pero si queda un poco de tiempo y se produce un breve silencio en respuesta a la invitación, por lo general yo formulo la pregunta más importante de todas:

– ¿Cuál es el significado de la vida?

Nunca se sabe, alguien podría saber la respuesta, y no me gustaría perdérmela por temor a hacer el ridículo en público. Pero cuando la formulo, los demás piensan que es una especie de burla, se ríen, juntan sus cosas y la reunión termina con esa nota ridícula.

Una sola vez cuando formulé la pregunta, recibí una respuesta seria. Una respuesta que todavía hoy me acompaña.

Pero primero debo decirles donde sucedió, porque ese lugar tiene poder por sí solo. Fue en Grecia. 

Monasterio de Gonia en Creta

Cerca de la aldea de Gonia, en una bahía rocosa de la isla de Creta, hay un monasterio ortodoxo griego. Junto a él, en tierras donadas por el monasterio, hay un instituto dedicado al entendimiento humano y a la paz, y especialmente al acercamiento entre alemanes y cretenses. Tarea ímproba, dados los amargos resabios de la guerra.

Ese lugar es importante porque desde allí se puede ver la pequeña pista de aterrizaje de Maleme, donde los paracaidistas alemanes invadieron Creta y fueron atacados por los campesinos con cuchillos y guadañas. La represalia fue terrible. Las poblaciones enteras de varias aldeas fueron fusiladas por atacar a las mejoras tropas de Hitler. Más arriba, en la misma colina del instituto, hay un cementerio con una sola cruz que marca la tumba colectiva de los campesinos cretenses. Y en la otra colina, del lado de la bahía, fueron enterrados los paracaidistas alemanes. Los monumentos están ubicados de ese modo para que todos los vean y recuerden lo sucedido. El odio fue la única arma que les quedó a los cretenses al final, y muchos juraron que jamás la depondrían. Nunca.

Con el trasfondo de esta pesada cortina de la historia, en este lugar donde la piedra del odio es dura y pesada, la existencia de un instituto dedicado a cicatrizar las heridas de la guerra es una paradoja muy frágil. ¿Por qué está allí? La respuesta es un hombre. Alexander Papaderos.

Doctor en filosofía, maestro político, reside en Atenas pero es hijo de ese suelo. Al finalizar la guerra, llegó a la conclusión de que los alemanes y los cretenses tenían mucho para darse unos a otros –y mucho que aprender unos de otros-. Debían dar el ejemplo. Pues si ellos lograban perdonarse, y construir una relación creativa, entonces les demostrarían a los demás que todos podían hacerlo.

Para abreviar esta hermosa historia, Papaderos tuvo éxito. El instituto se hizo realidad –un lugar donde conversar, en el sitio del horror- y fue fuente de una fructífera interacción entre los dos países. Se han escrito libros sobre los sueños que se cumplieron con las cosas que la gente le dio a la gente en ese lugar.

Cuando yo llegué al instituto para asistir a una sesión de verano, Alexander Papaderos, ya se había convertido en una leyenda viviente. Con solo mirarlo se veía su fuerza y su intensidad –su persona irradiaba energía, poder físico, valor, inteligencia, pasión y vivacidad. Y al hablar con él, estrechar su mano, estar en la misma habitación cuando él hablaba, se experimentaba su extraordinario magnetismo. Son pocos los hombres que no desmerecen  la reputación que los precede cuando uno se encuentra cerca de ellos. Alexander Papaderos era una excepción.

En la última sesión de la mañana de un seminario de dos semanas sobre cultura griega dictado por intelectuales y expertos en su campo reclutados por Papaderos en toda Grecia, Papaderos se levantó de su silla situada en la parte posterior de la sala y caminó hacia el frente, donde se paró junto a una ventana por la cual entraban los brillantes rayos del sol griego, y miró hacia fuera. Seguimos su mirada hacia el otro lado de la bahía y la cruz de hierro que marcaba el cementerio alemán.

Se dio vuelta e hizo el gesto ritual:

– ¿Alguna pregunta?-

Silencio. Las dos últimas semanas habían generado preguntas suficientes para toda una vida, pero por el momento solo hubo silencio.

– ¿Ninguna pregunta?- Papaderos recorrió la habitación con la mirada.

Entonces pregunté.

– Doctor Papaderos, ¿Cuál es el significado de la vida?

Se oyeron las risas usuales, y la gente comenzó a moverse como para marcharse.

Papaderos levantó la mano e hizo que se hiciera silencio en la sala, y después me miró durante un largo rato, preguntándome con los ojos  si hablaba en serio y constatando en los míos que así era.

– Responderé a su pregunta.

Extrajo de su billetera del bolsillo de atrás del pantalón, buscó entre los pliegues de cuero extrayendo un espejo redondo muy pequeño.

Y dijo lo siguiente:

– Cuando era niño, durante la guerra, éramos muy pobres y vivíamos en una aldea lejana. Un día encontré en el camino los pedacitos de un espejo roto. En ese lugar había chocado una motocicleta alemana.

– Busqué todos los pedacitos y traté de unirlos, pero fue imposible, así que me guardé el pedacito más grande. Este. Y frotándolo contra una piedra le di forma redonda. Comencé a jugar con él como si fuera un juguete y me fascinaba comprobar que podía reflejar la luz en los lugares oscuros donde jamás llegaban los rayos de sol –en los pozos profundos, en las grietas, en los armarios oscuros.  Llevar la luz a los lugares más inaccesibles que podía encontrar, se convirtió en un juego para mí.

– Conservé el espejito y, mientras crecía, lo sacaba en los momentos de ocio y continuaba con el desafío del juego. Cuando me convertí en hombre, comprendí que ese no era tan solo un juego de niños, sino una metáfora de lo que yo podía hacer con mi vida. Entendí que yo no soy la luz ni la fuente de luz. Sino que la luz –la verdad, la comprensión, el conocimiento –existe y solo brillará en muchos lugares oscuros si yo los reflejo.

– Soy un fragmento de un espejo cuyo designio y forma no conozco. Sin embargo, con lo que tengo puedo reflejar la luz en los lugares oscuros de este mundo –en los lugares oscuros de los corazones de los hombres- y puedo cambiar algunas cosas en algunas personas. Tal vez otras personas también lo comprendan y hagan lo mismo. Y en eso estoy. Este es el significado de mi vida.

Y después extrajo su pequeño espejo y, sosteniéndolo con mucho cuidado atrapó los rayos brillantes del sol que entraban por la ventana y los reflejó en mi rostro y en mis manos que estaban plegadas sobre el escritorio.

La mayor parte de las cosas que aprendí sobre la cultura y la historia griegas durante ese verano no han perdurado en mi memoria. Pero en la billetera de mi mente todavía conservo un pequeño espejo redondo.

– ¿Alguna pregunta?-

 

Frases como “La mayor cantidad de luz-interna que usted tenga, hará que sea más brillante el mundo en el que usted vive” nos invitan al perfeccionismo, a la santidad o a una búsqueda de trascendencia que creemos lejano de nuestra propia esencia y muchas veces nos amedrentan o inhiben para ser una posibilidad para el otro.

La metáfora de Papaderos en el sentido de que el valor no está en ser un “iluminado” ni “fuente de luz”, sino en ser un pequeño espejo que sirva para reflejarla, describe lo que pretendemos a través de este semanario. El mundo está lleno de iluminados, algunos más y otros menos conocidos. Aspiramos a compartir su luz. 

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“Para poder hacer desaparecer una sombra hay que proyectar luz sobre ella.” Shakti Gawain 

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BONUS TRACK

Nunca pensaste hace 20 años en dónde estarías hoy? ¿O dónde vas a estar dentro de 20 años? Esperamos que disfrutes de este viaje por Perú con historia para reflexionar.

Si no podés ver el video incrustado andá a

http://www.youtube.com/watch?v=42AXjcP-B2U

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2 Responses to SemanaRAF 03 – 2013

  1. Juan Carlos Decurgez dice:

    Mariano, muy bueno el SemanaRAF. Abrazo,

    Charlie

    Me gusta

  2. […] acuerdan de Robert Fulghum, el que nos contó la historia del espejo en el monasterio de la Isla de Creta? El mismo escribió un libro que se llama Todo lo que […]

    Me gusta

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