SemanaRAF 40 – 2012

AIKIDO VERBAL

por Terry Dobson

[tiempo estimado de lectura: 5':30"

Terry Dobson (1937 – 1992) fue el primer alumno occidental del maestro Morihei Ueshiba, creador del Aikido. Esta historia que es parte de su libro It’s a Lot Like a Dance [Se parece más a una danza] nos muestra -entre tantas otras cosas- cuántas posibilidades hay antes del combate.

El tren traqueteaba y se sacudía a través de los suburbios de Tokio en una somnolienta tarde primaveral.  Nuestro vagón iba relativamente vacío: unas pocas amas de casa con sus hijos, algunos ancianos en viaje de compras.  Mi mirada ausente se paseaba por las casas monótonas y los setos polvorientos.

Las puertas se abrieron en una estación, y de repente la calma de la tarde fue quebrantada en mil pedazos por un hombre que vociferaba insultos violentos e incomprensibles.  El hombre entró trastabillando en nuestro vagón.  Era grandote, vestía ropas de obrero, estaba sucio y borracho. Gritando, le pegó un empujón a una mujer que sostenía un bebé en sus brazos.  El  golpe la hizo caer sobre las piernas de una pareja mayor.  Fue un milagro que el bebé no sufriera daño.

Aterrorizada, la pareja dio un salto y escapó hacia el otro extremo del coche. El obrero lanzó un puntapié en dirección a la mujer, pero erró mientras ella se ponía fuera de su alcance.  Esto lo enfureció tanto, que tomó uno de los pasamanos de metal en el centro del vagón y trató de arrancarlo de su montante.  Vi que un corte en una de sus  manos sangraba.  El tren revivió con una sacudida, y se puso en movimiento.  Los pasajeros estaban helados de miedo.  Me puse de pié.

En ese entonces, hace unos 20 años, era joven y estaba en buen estado.  Había estado entrenado en el dojo (gimnasio) de aikido unas buenas ocho horas diarias, prácticamente todos los días de los últimos tres años.  Me gustaba forcejear, luchar cuerpo a cuerpo, arrojar y ser arrojado por el aire.  Me creía duro.  El problema era que mis capacidades marciales no habían sido probadas en verdadero combate.  Como estudiantes de aikido, no se nos permitía pelear.

“Aikido -decía mi maestro una y otra vez- es el arte de la reconciliación.  Quien alberga pensamientos combativos en su mente ha roto su conexión con el universo.  Si tratan de dominar a la gente, ya están vencidos.  Aquí estudiamos como resolver el conflicto, no como empezarlo”.

Escuchaba sus palabras. Entrenaba intensamente. Llegaba incluso a cruzar la calle para evitar a los vagos que andaban alrededor de los juegos electrónicos de las estaciones de tren.  Estaba entusiasmado con mi autodisciplina.  Me sentía a la vez rudo y santo.  Sin embargo, en lo profundo de mi corazón, ansiaba una legítima oportunidad de salvar lo bueno destruyendo lo malo.

Esta es la mía!” -me dije poniéndome de pie. “Hay gente en peligro y si no actúo rápido, probablemente alguno saldrá lastimado”.

Al verme de pie, el borracho me reconoció como un blanco donde enfocar su rabia.  “¡Aha!” -rugió- “¡Un extranjero! ¡Necesitas una lección de modales japoneses!”

Me tomé del pasamanos y le lancé una mirada de disgusto y desprecio. Me relamía internamente pensando en cómo iba a descuartizar a este majadero, pero él tenía que dar el pimer paso.  Lo quería furioso, así que fruncí mis labios y le soplé un beso insolente.

“¡Muy bien!” bramó. “Vas a recibir una lección”. Se reparó para abalanzarse sobre mí.

Una fracción de segundo antes que se arrojara, alguien gritó: “¡Hey!”.  La estridencia fue sorprendente; un sonido que partía los oídos. Todavía recuerdo su tono extrañamente alegre y melodioso; como si alguien que hubiera estado buscando algo intensamente, de pronto hubiera dado con ello.  “¡Hey!”.

Me volví hacia la izquierda; el borracho, hacia su derecha.  Los dos miramos hacia abajo y vimos a un pequeño anciano japonés.  Debe de haber estado bien entrado en los setenta este hombre diminuto, sentado allí con su kimono inmaculado.  Ni se dio por enterado de mi existencia, ya que prestaba toda su atención al trabajador, al que dirigía una sonrisa resplandeciente, como si tuviera un secreto importantísimo y delicioso para compartir con él.

Ven aquí”, dijo el anciano en un lenguaje vernáculo, haciéndole seña al borracho para que se acercase.  “Ven aquí y habla conmigo”.  Movía suavemente la mano.

El hombretón seguía sus movimientos, como atado por un hilo.   Plantó sus pies beligerantemente frente al caballero y rugió por sobre el chirrido de las ruedas: “¿Por qué demonios debería hablar contigo?”  El borracho me daba la espalda. Si su codo se movía tan sólo un milímetro lo pulverizaría en el acto.

El anciano continuó sonriendo luminosamente.  “¿Qué has estado bebiendo?” -preguntó. Sus ojos chispeaban de interés. “Estuve bebiendo sake”, vociferó el obrero.  “¡¿Y eso qué te importa?!” Gotitas de escupitajo salpicaron al viejo.

Ah, eso es maravilloso”, dijo el anciano resplandeciente.  “¡Absolutamente maravillosoYa ves, a mí también me encanta el sake.  Cada noche mi esposa y yo, ella tiene 76 años, ¿sabes?, calentamos una botellita de sake, nos la llevamos al jardín y nos sentamos en un viejo banco de madera.  Disfrutamos del ocaso y miramos cómo sigue nuestro árbol de caqui.  Mi bisabuelo lo plantó y nos preocupa saber si se recobrará de esas tormentas de granizo que tuvimos en el último invierno. Nuestro árbol ha evolucionado mejor de lo esperado, especialmente cuando uno considera la pobre calidad del suelo. Es gratificante mirarlo cuando tomamos nuestro sake y salimos a disfrutar del anochecer ¡aún cuando llueve!” El anciano contempló al obrero con mirada luminosa.

Mientras se esforzaba por seguir la conversación, la cara del borracho se fue suavizando. Sus puños lentamente se aflojaron.  “¡! -dijo- a mi también me gustan los árboles de caqui ….”.  Su voz se desvaneció en un susurro.

¡Si! -dijo el anciano sonriendo- y estoy seguro de que tienes una maravillosa mujer”.

“¡No!”, respondió el obrero.  “Mi esposa ha muerto”.  Suavemente, meciéndose con el bamboleo del tren, el hombretón comenzó a sollozar.  “No tengo esposa, no tengo casa, no tengo trabajo.  Estoy muy avergonzado de mí mismo”.  Las lágrimas rodaban por sus mejillas; un espasmo de desesperación estremeció su pecho.

Ahora era mi turno.  De pie allí, con mi morbosamente cepillada inocencia juvenil, con mi actitud moralista de “hacer este mundo seguro para los buenos”, me sentí más sucio que él.

El tren arribó a mi estación. Mientras las puertas se abrían, ví al anciano chasquear su lengua compasivamente.  “Ay Dios” -dijo-ese es ciertamente un predicamento sumanente difícil.  Siéntate conmigo y cuéntame tu historia”.

Me volví para dar una última mirada.  El obrero estaba tumbado en el asiento, su cabeza en el regazo del anciano.  Este le acariciaba gentilmente el pelo sucio y pringoso.

Mientras el tren se alejaba de la estación, me senté en un banco.  Lo que había querido hacer con músculo había sido conseguido con palabras amorosas.  Había tenido una experiencia perfecta del aikido usado en combate real y su esencia era el amor.  Tendría que practicar el arte con un espíritu totalmente diferente.  Necesitaría un largo tiempo antes de poder hablar con autoridad acerca de la resolución de conflictos. 

En la página de Terry Dobson podés conocer más acerca de este singular persona y leer la historia original en inglés.

http://www.terrydobson.com/pages/train.html

– – – o – – –

“No llenes tu vida de días; llená tus días de vida.”

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BONUS TRACK

Si bien el video que mostramos hoy está subtitulado al inglés, no es tan importante el diálogo en sí mismo sino saber que el “mentalista” iba dándole información personal a cada uno de los transeuntes que se ofrecían voluntariamente a entrar en la carpa. Entre lo que iba leyendo en la mente de la sorprendida gente había desde nombre de amores perdidos y mejores amigos, hasta datos de consumo y claves de las cuentas bancarias… ¿Qué tal? Los invito a ver este interesante experimento…

Si no podés ver el video incrustado andá a: http://www.youtube.com/watch?v=F7pYHN9iC9I

¡Sorprendente lo fácil que algunas personas pueden acceder a lo que creemos que son nuestras áreas secretas!

Qué tengan una buena semana, un buen mes, un buen último trimestre… Y un gran día cada día!!!

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One Response to SemanaRAF 40 – 2012

  1. Mariana Levallois dice:

    Gracias!Me gusto mucho lo de T. Dobson!!Mariana

    Date: Mon, 1 Oct 2012 01:00:24 +0000
    To: marianalevallois@hotmail.com

    Me gusta

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